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En el sombrío y oscuro jardín Cloe se encontraba sentada en el frío suelo con la única luz de dos bombillas maltrechas, que evocaban al recuerdo de un tiempo mejor en el patio interior de una cochambrosa casa. Una de ellas producía un parpadeo constante que convertía en tétricas las sombras de los árboles de alrededor  y en la otra un insecto revoloteaba alrededor dándole pequeños golpecitos que producían un clic monótono. Con ese único sonido la pequeña tapada con una mohosa manta pasaba temblando las páginas de un viejo, manoseado y sucio libro. 

Las palabras, únicas protagonistas de esas páginas, saltaban contentas y se acercaban a las mejillas frías de la criatura sentada en la oscuridad de un patio viejo. En ese oscuro lugar solo brillaban sus dos ojos azules, que miraban las filas cromáticas, anonadados e hipnotizados, devorando cada historia que formaban aquellas hileras combinándose las unas con las otras. 

La niña sonreía y ni siquiera parpadeaba, pero cada golpe de aire provocaba un estremecimiento en su pequeño cuerpo provocando que se arropara más a aquello que la cubría. 

Pero eso no le importaba, a ella solo le importaba que aquellas dos bolas de cristal continuaran quemando electricidad para poder continuar disfrutando de las viejas páginas de su maltrechado y único libro.

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